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A Usted, Silvia.

Pediste, hace algún tiempo, que escribiese para tí algo que lleve por título tu nombre (o eso entendí); realmente me has puesto a pensar; pensarte, pensarme, pensarnos. ¿Qué podría escribir? supongo que cualquiera pensaría que con escribir cualquier cosa sería suficiente, pero no me creo cualquiera, no te creo cualquiera; así que ¿algo simple, algo corto? lo simple nunca sirve para dibujar por completo lo que no entendemos, o lo que tenemos por verdades. La  extensión poco importa, cuando se dice mucho se corre el riesgo de convertir a la palabra en disfraz; cuando se dice mucho muchas veces se miente. Correré el riesgo. Hay tantas cosas que me gustaría decir y que no puedo por miedo a que sean mentira, a que sean verdad o a terminar de darme cuenta que no existe una cosa o la otra sino la unidad de eso, a pesar de la aparente dualidad.

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¿Qué podría escribir? ¿qué esperas? ¿qué quiero?

Podría escribirte solo un poema, titularlo Silvia, pero eso sería reducirte y reducirme; eres más, soy más, y te quiero más que solo un poema. Me llevo el lápiz a la boca y comienzo a pensar y recordar; a recordarte y a pensarte. Hago un inventario de momentos y de circunstancias que, aunque sencillas, dejan su marca en la memoria; la primera conversación verdadera y las tantas otras tan tontas o filosóficas, la primera salida juntos, el primer beso y todos los otros, el primer poema, la primera vez que vi tu piel desnuda, y la segunda, y la tercera; el encanto. A continuación te ordeno y te escribo, mientras estás en otros lugares no cercanos al mío; también me ordeno y me escribo. Te dejo lo escrito en ese tiempo y otras letras de antes.

Espero te guste.

Escrito por Eduardo R. Blanco.


Imagen: Tina Maria Elena Bak.

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