Cuentos de Silvia Navarro·Venezuela

Entre los escombros el recuerdo. Un cuento sobre Caracas.

Esta tarde Vicente se encuentra inquieto, su cuerpo y su mente se mueven de un lado a otro, de un recuerdo al otro, y las manecillas del reloj se empeñan en acortar el tiempo: su tiempo… Hay un montón de hojas de su actual proyecto sobre el escritorio, los planos sin terminar en la pantalla de su ordenador, rastros de cartón por todo el suelo y el ineludible pegoste de silicón en las yemas de sus dedos.

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Boceto. Pasillo cubierto. Universidad Central de Venezuela.

Vicente se reclina en su silla, algo gastado y cansado, cierra sus ojos lentamente, sabe que está mal, detesta lo que hace. Desde sus inicios se juró a sí mismo ser y formarse incansablemente como un arquitecto excepcional, incorruptible, ni por las ambiciones propias ni por las ajenas; un buen profesional y ciudadano. Se decía a sí mismo “Todo sea por la arquitectura, por las obras que existen, por las que faltan, por las calles, por la gente, por los edificios que Caracas necesita”. Esto, claramente, fue en sus años de estudio; tantos años atrás, ese edificio de pasillos inmensos y hermosos espacios de encuentro, que sus sueños como por voluntad propia fueron creando de la nada; pasillos, pasillos, pasillos… Vicente se detiene en esa palabra, porque de tantos espacios y ciudades, solo había un lugar en el que los pasillos se unían y bifurcaban hacia el conocimiento; su alma mater, la casa que vence las sombras ¡Cómo no evocar con todo esto, su primera visita guiada dentro de la Ciudad Universitaria!, durante su segunda o tercera clase de Taller de Expresión, y ese nombre que comenzó a resonar en su cabeza, en cada clase, en la voz de cada uno de sus profesores y compañeros: Carlos Raúl Villanueva, y las obras que poco a poco se fueron develando a sus ojos, con el pasar de sus días de estudio, con el pasar de sus pasos silenciosos durante los recorridos que hacía él solo, para apreciar, para admirar, para entender.

 

IMG_20190828_120317.pngTodos los análisis y bocetos de la Ciudad Universitaria de Caracas, que por encargo de sus profesores o por deleite propio se fueron acumulando en sus pensamientos, en sus cuadernos y portafolios, en las paredes de su cuarto, en las pilas de papel cuidadosa y metódicamente amontonadas en el espacio debajo de su cama, hasta desbordarse en los trazos de grafito que Vicente plasmaba en cada una de sus ideas. Todos, actos de devoción y admiración pura, tal como si fuesen plegarias en su esfuerzo por comunicarse con su dios, la Arquitectura.

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Boceto. Torres de Parque Central. Caracas, Venezuela.

Ese dios, entonces sin nombre, que de pequeño encontraba cuando de la mano de su madre recorría las calles de Caracas; esos pedacitos de arquitectura imponiéndose allá, a lo lejos, aquí cerca, en frente, y en cualquier lugar y momento de la ciudad; como esas enormes torres que un día de la nada, al mirar al cielo, se elevaban hasta donde su vista no llegaba, y el no saber si era el tiempo o sus pensamientos los que se detenían, y ya no interesaba para Vicente saber sobre los planetas o los astronautas de los que su madre le hablaba, solo importaban para él los cómo, qué, cuándo y dónde que esas enormes elevaciones le insinuaban. “Pero mami, ¿por qué…”, murmuró el pequeño mientras su madre lo arrancaba de sus cavilaciones halándolo de la mano y le respondía “porque el piano gigante, el cuerpo humano, las atracciones, el cohete, la célula, los niños, la ciencia…” y otras tantas cosas que a Vicente ya no le interesaban. “el museo, Vicente, el museo…”, de todo ese recorrido con su madre, el único recuerdo intacto de ese día, fueron esas dos torres enormes rodeadas de edificios que como legos componían una pequeña ciudad, hecha por alguien muy grande.

 

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Parque del Este. Caracas, Venezuela. Foto: Silvia Navarro.

Y cómo no recordar cuando de pequeñito, visitaban el Parque del Este los fines de semana… en ese entonces, no sabía cómo ni por qué le parecía que todo encajaba; el verde de la grama, los barquitos, las pequeñas montañitas, esa fuente divertida, la sombra de los árboles, las caminerías, todos los animalitos y ese enorme barco que a él le encantaba. Más que un parque cualquiera, el Parque del Este, significaba un pedacito de calma y aventura para Vicente; y ese telón de fondo que al parque adornaba, esa imponente montaña que en una de sus puntas estaba coronada por esa pequeña torrecita circular, ese edificio que a lo lejos se divisaba. Vicente, de niño, algunas veces pensaba que en una torre como esa solo podía aguardar una linda doncella, porque seguro desde allá arriba, podía ver si su héroe al rescate, se acercaba por mar, aire o por tierra. Otras veces pensaba en el Ávila, como un recorte de revista con forma de silueta de montaña, un muro de papel que protegía a las casitas y edificios que estaban desparramados por toda Caracas.

 

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Boceto. Paseo los Próceres.

Y qué decir de ese otro lugar al que siempre le llevaban engañado, ese que su madre llamaba el paseo los símbolos, porque solo caminaba y caminaba y caminaba, y en el cual su único deleite era ese piso azul sobre el que sus pies andaban, imaginándose que caminaba sobre una enorme y larga piscina, y que ese dios desconocido hacía que sus pies no se mojaran. Hasta llegar a ese monumento llamado los Próceres… Y ese otro, ese edificio de concreto que a una montaña se asemejaba… y lo gracioso que para él resultaba el que una montaña hecha de concreto, o más bien, un edificio de concreto que se parecía a una montaña, se llamara el helicóptero o algo así, porque ese otro nombre que su madre le decía cuando pasaban, nunca nunca lo recordaba.

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Boceto. Vista de Caracas desde una ventada de la Universidad Central de Venezuela.

Tanto, tanto fue lo que de niño empezó a impresionar a Vicente en las calles de Caracas… “Las ciudades son paraísos”, escuchó decir a un comentador en la radio. Las ciudades son paraísos Las ciudades son paraísos Las ciudades son paraísos las ciuda… Vicente comparaba esas calles, sus calles, con las otras tantas ciudades que había conocido junto a su padre en las vacaciones pasadas, pero siempre algo en aquellas faltaba, o todo se le antojaba gris o muy cuadriculado como su cuaderno de matemáticas. De dichas ciudades solo quedaba el recuerdo de alguna casa, iglesia, un parque o algún edificio, porque siempre era Caracas a donde sus pensamientos lo llevaban. Vicente creció creyendo y sabiendo que esta ciudad era digna de la buena arquitectura, eso que le dijo su madre un día que eran los edificios y espacios que a él tanto le atraían.

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Boceto. Entrada de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo. Universidad Central de Venezuela.

Un presuroso paso por la escuela y el liceo, un atropellado inicio en la escuela de ingeniería, y esa llegada a tiempo a la Facultad de Arquitectura; los planos, las maquetas, las visitas guiadas junto a sus mejores profesores, sus compañeros, sus materias favoritas (Teoría de la arquitectura, Expresión arquitectónica, Arquitectura paisajista, Diseño), todas esas posibilidades que imaginaba, en las que pensaba de camino a la facultad y de regreso a casa, el hogar donde su madre le esperaba, y esas ideas que alguna que otra vez pudo llevar a cabo en sus proyectos para las entregas.

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Boceto. Tierra de Nadie. Universidad Central de Venezuela.

Se imaginaba a sí mismo construyendo todo lo que pensaba, elementos que complementarían y embellecerían ese modelo de ciudad que él concebía como algo cercano a lo perfecto, y no siéndolo, porque es sabido que en el mundo aún no se concibe algo del todo perfecto; la Caracas de sus pensamientos y de su anhelo no sería la excepción a ello, justamente por todo lo que en sus espacios había sido posible construir y por todo lo que aún podría realizarse. Es que el clima, la gente, es que el paisaje, el terreno, es que las miles de posibilidades… Así él lo creía. Pero eran tiempos de cambio y turbulencia política en Venezuela, y el joven Vicente observó cómo muchos de sus compañeros, amigos, conocidos y otros tantos miles de desconocidos, fueron abandonando las aulas de clase y los pasillos de la Universidad Central de Venezuela. Vio cómo, con mucho esfuerzo y valentía, sus profesores, los mejores que había conocido en la vida, ahí se mantenían dando clases, a pesar del día a día; por “Amor al Arte”, decían, porque el sueldo ni para el mercado de una semana les proveía.

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Boceto. Salón de clases. Facultad de Arquitectura y Urbanismo.

Vicente sabía que al igual que él sus profesores se quedaban para luchar, porque creían en ese dios: la Arquitectura. No solo lo hacían por el país sino por sus ciudades; no solo por la gente sino por Caracas; por sus calles, sus edificios, el paisaje; sin embargo, con el pasar de los días y tan solo en cuestión de dos años, el país se vino abajo y la desidia se apoderó de los habitantes que quedaban, los mismos que como ratas se comportaban, quizás por el miedo o la desesperanza.

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Boceto. Plaza cubierta. Universidad Central de Venezuela.

Vicente fue testigo directo de la destrucción y del abandono de las calles; esas calles esas calles esas calles… de manera tortuosa le preguntaba a su dios todas las noches por qué había abandonado sus propias obras, por qué tanto empeño en construir y crear obras buenas bonitas y duraderas, para dejar que luego alcanzaran estados tan deplorables, para acabar así no fueron concebidas. Vicente abandonó sus sueños e ilusiones dejándolos junto a un bote de basura, el día que salió del Aula Magna con su título de arquitectura, una recompensa vacía era lo que había obtenido en ese acto lúgubre.

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Boceto. Vista del Ávila desde la Universidad Central de Venezuela.

Las calles vacías, la mugre en las ventanas y las fachadas de los edificios resquebrajadas se hicieron cada vez más frecuentes. La cumbre de esa pirámide de infortunios, tal como revelaciones que anunciaban el fin de la bella Caracas: la demolición de las grandes obras que dentro de su paraíso se encontraban. Como un autómata Vicente comenzó a vivir una existencia vacía, trabajando en uno que otro ministerio y por más que lo intenta, no recuerda nada de lo que hizo en ese lapso de tiempo después de haberse graduado de arquitecto; no logra traspasar ese velo oscuro que ciega sus pensamientos.

De vuelta al presente, Vicente abre pesadamente los ojos. Sobre su escritorio, hay varios títulos que se leen “DEMOLICIÓN DEL TEATRO TERESA CARREÑO PARA MAYOR APROVECHAMIENTO DEL PUEBLO”, “ADECUACIÓN DE LOS ESPACIOS OCUPADOS POR LA EXTINTA UNIVERSIDAD CENTRAL DE VENEZUELA, OTORGADOS AL MINISTERIO DE LA VIVIENDA”, “REUTILIZACIÓN DE LOS MATERIALES PRESENTES EN OBRAS ORNAMENTALES CAPITALISTAS, UBICADAS EN LOS ESPACIOS PÚBLICOS, PARA SU TRANSFORMACIÓN EN UTILIDAD DEL PUEBLO”. Mira el reloj justo en el instante en el que por acto de algún desperfecto, las manecillas se desprenden de su centro cayendo silenciosamente, perdiéndose bajo montones de cartón que se esparcen como escombros por el suelo, tal como metáforas reflejando el futuro inmediato de esas obras que están en proyecto sobre su escritorio.

La inquietud le taladra el cerebro e invade todo su cuerpo. En un último esfuerzo, Vicente se levanta de su puesto de trabajo, arrastrando los pies con desgana inicia el descenso por las escaleras de emergencia. Va caminando por las aceras mientras su respiración se acelera, no sabe cómo, pero sus pasos no responden a lo que su cerebro les ordena, llevan un rumbo fijo, dirige su mirada hacia lo alto de aquella pirámide esbelta, olvidando que hace ya tantos meses que ese reloj tampoco funciona.

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Boceto. Entrada a la Universidad Central de Venezuela desde Plaza Venezuela.

Continúa la marcha, trata de evitarlo, pero sabe perfectamente a dónde sus pasos lo llevan. Con paso rápido va cruzando de una a otra acera, hay una autopista casi desierta bajo el puente, ve algunos indigentes durmiendo bajo los árboles al cruzar la última acera. Y ese arco que se distingue al frente, testigo de tantas protestas en tiempos pasados… Vicente se las arregla para cruzar la cerca perdiendo todo cuidado de los rasguños que causan las púas en sus manos.

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Boceto. Jardín cinético de los Chaguaramos.

La Ciudad Universitaria de sus sueños, la Universidad que fue proyectada por un genio, está vacía y en silencio; sus espacios sucios, cubiertos por una alfombra de desechos plásticos y hojas secas, los pupitres machacados en los pasillos, la naturaleza venciendo a las estructuras de concreto, a donde observa solo logra ver un patrimonio sangrante por el olvido.

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Boceto. Rampa en el Aula Magna. Universidad Central de Venezuela.

Está corriendo, lo advierte por el eco de sus pasos en los pasillos. Se detiene. Los pasillos los pasillos los sueños los sueños los sue… Vicente encuentra las llaves del edificio de sus pensamientos, esas que un día dejó tiradas junto a un bote de basura en la Plaza Cubierta.

 

Silvia Navarro.
Febrero, 2019.


Otros bocetos de la Universidad Central de Venezuela, encontrados bajo la cama:

 

12 comentarios sobre “Entre los escombros el recuerdo. Un cuento sobre Caracas.

  1. Qué excelente relato, Silvia! Gratamente sorprendido con este regalo de tu corazón, de tu mente, de tu nostalgia y de tu pluma. Es genial la recreación con los bocetos, has elevado a valor literario lo que hasta ahora eran recuerdos de vivencias personales. Me encantó de inicio a fin. Te felicito sinceramente por este relato y abrazo de ánimo siempre desde Villahermosa

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    1. Es así como lo dices Alejandro, algo que escribí desde el corazón, desde mi mente, mi nostalgia, y de mi pluma ❤ La mayoría de los bocetos son algo viejos, eran parte de una entrega en mi segundo o tercer semestre de Arquitectura, ¿y cómo no? son de uno de mis lugares favoritos de Caracas. ❤

      Te cuento que el relato, en principio, era una idea que venía creciendo en mi cabeza desde hace tiempo, luego surgió una convocatoria para un concurso de cuentos sobre Caracas en la que no gané 😔 Y bueno, me decidí a publicarlo en el blog. Sé que me falta mejorar mucho en redacción, voy poco a poco, este es apenas el cuarto o quinto cuento que escribo. 😊

      ¡Saludos desde Bogotá! Un fuerte abrazo de vuelta para ti 🙌🐰

      Le gusta a 1 persona

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