Autores chilenos·Cuentos

La romanza de los besos- Vicente Huidobro

Vicente Huidobro

I

Era la hora del crepúsculo. El sol se hundía majestuosamente detrás de las montañas y empezaba a caer sobre la tierra esa melancólica sombra de semi-oscuridad que a medida que avanza va penetrando también en nuestra alma y nos llena de tristezas y de dolorosos pensamientos.

La luna aparecía apenas detrás de una nube blanca semejando la cara de una tísica que se asoma entre las sábanas de su lecho. Brillaba una que otra estrella.

Era la hora del amor. La naturaleza, con esos rumores sordos de la tarde, gemía y suspiraba de pasión; parecía que de su seno brotaban unas como emanaciones cálidas y la tierra empezó a dormirse revolviéndose en los brazos de la noche. Era esa hora en que los seres queridos separados por la ausencia empiezan a llorar; cuando se buscan sus espíritus en el aire y se envían besos del alma que el viento las transporta en sus sendales invisibles. Cuando otras almas hermanas se internan en los bosques buscando la soledad bajo el follaje sombrío para rendirse el culto de adoración que como todo culto prefiere el silencio y el misterio: adora sus ídolos en la soledad.

Era la hora del amor.

Roberto y Elena acababan de jurarse amor eterno. El salón de la casa de Elena se encontraba envuelto en la semi-oscuridad crepuscular. Los jóvenes amantes sentados en el sofá, las manos del uno en las del otro, se devoraban con la mirada. Por la ventana entreabierta penetraba la brisa sacudiendo las cortinas y esparciendo por el salón el olor de las flores del jardín. A lo lejos se escuchaba una música dulce y lánguida cuyas notas se diluían en el ambiente como los trinos de un pájaro. Esa música tenía algo de llanto, de pasión, de ruego, de sollozo. Parecía el canto del amor, el himno del alma enamorada.

Los dos jóvenes seguían mirándose y sus ojos brillaban de pasión como dos luciérnagas brillan en la sombra. De pronto Roberto se acercó mas a Elena, su corazón latía con gran violencia, y él temblaba como la rama de árbol cuando un ave toma en ella el impulso de su vuelo. Su respiración era fatigosa. Cerró los ojos y sus labios se posaron sobre los de Elena y estalló un beso, un beso dulce, suave. Era el primero, el de inolvidable memoria, que fue seguido de otros llenos de amor y de ternura.

La música lejana, vaga, llena de dormidas nostalgias, seguía en sus acordes temblorosos y se encontraba en el ambiente con la música lánguida de los besos.

Elena preguntó a Roberto con voz débil, desfallecida por la emoción:

—¿Sabes cómo se llama esa pieza?

—Sí, respondió Roberto: La Romanza de los Besos.

Elena sonrió ligeramente, dejando caer su cabeza en el hombro de aquel ser idolatrado y mirándole con ojos de adivinación.

El añadió:

—Si así no se llamaba, nosotros la bautizamos con ese nombre.

II

Mucho tiempo ha pasado…

Elena es ya la esposa de Roberto y habitan en aquella misma casa testigo de sus amores. Para ellos los años han sido días, las horas minutos.

Es como entonces la hora del crepúsculo. La hora del amor. Más el cuadro que ahora se nos presenta ¡cuán distinto es de aquel otro!

Roberto yace en su cama moribundo, pálido, descolorido, como un lirio de cera, ve acercarse la muerte con paso rápido. Arrodillada a los pies de sus cama Elena, esconde la cabeza entre las ropas para ahogar sus sollozos. Junto al enfermo un sacerdote le presta los últimos auxilios de la religión, le ayuda a bien morir. Más allá medio tendida en un sofá la madre de Roberto reza con voz desesperada entrecortada por el llanto, los padrenuestros del camarero. La madre de Elena va y viene por la pieza sin saber qué hacer con honda angustia pintada en el rostro. El sacristán de rodillas en el medio de la pieza, acaso impresionado por el triste cuadro baja la vista.

Todo es silencio, todo es quietud, todo es calma. Esa calma insoportable de los grandes momentos de la vida. Ese silencio desesperante que reina cuando se abre una tumba ante nosotros. Esos últimos instantes terribles cuando todos callan y solo se escucha el estertor de la agonía, cuando todos bajan la cabeza respetuosos ante la muerte que se acerca y solo el que va a morir la conserva erguida.

Repentinamente se escucha a lo lejos una música dulce y lánguida. Una música con algo de llanto, de pasión, de ruego, de sollozo. Parece una elegía, un canto fúnebre, un miserere. Roberto se mueve débilmente, sonríe, sus ojos apagados se reaniman, busca con la vista a Elena, que también se ha erguido y que le mira con cierta inconsciencia de idiota que recuerda algo, que siente pasar un rayo de luz entre la nébula espesa de su cerebro. Por las mejillas desencajadas del enfermo rodó una lágrima! Era la Romanza de los Besos cuyas notas se perdían ondulando en la distancia.

Roberto entonces reanimándose dijo a su desesperada esposa con voz muy apagada, algo así como un último susurro del viento de la noche: Elena… mía… oyes… sol… mío… fiel.

—Sí, sí, siempre, fue la respuesta del Elena que rompió a llorar con verdadera desesperación.

El moribundo dibujó una sonrisa en sus labios, una sonrisa amable y cariñosa, la última, la eterna, la sonrisa con la cual lo enterrarían, aquella que los gusanos, los implacables enemigos del hombre, convertirán en una horrible mueca.

III

Es la tarde. Es la hora del amor. Hace cinco años que Roberto duerme en una tumba silenciosa y fría, oculto bajo una lápida de mármol. ¿Y Elena? ¿qué es de la pobre Elena? Miradla, allí está. En el mismo salón, testigo de sus amores de soltera y de casada, testigo de sus lágrimas de viuda. Todo igual que antes. Los seres humanos pasan pero las cosas quedan. Se borran las figuras de los cuadros, pero quedan los marcos.

Ahí está Elena, la alma huérfana, sentada en aquel mismo sofá donde se jurara amor eterno con Roberto.

Pero hay un hombre junto a ella. ¿Quién es? Dios mío, ¿cómo es posible?… Y él le habla de amor… y ella no se indigna. Y le dice que la adora, que ya no puede vivir sin ella, que cuando no la ve en el día, no duerme en la noche. Y se toman las manos y se miran con ojos apasionados.

El viento del jardín mueve las cortinas de la ventana y entra un olor a primavera, un olor de tierra mojada, un olor de azahares. Acaso en aquellos momentos el espíritu de Roberto flota desesperado junto a ellos y quiere separarlos, despedazarlos. Acaso quiere ahogar en la garganta de Elena el juramento de amor que sus labios están próximos a sellar para siempre.

—Elena, Elena mía; júrame amor eterno le dice aquel hombre abominable. Dame la vida, Elena, si no quieres que huya lejos, muy lejos a sepultarme en el olvido.

Elena clavó en él sus ojos, esos ojos profundos de mujer enamorada y dejó caer su cabeza en el hombro de Eduardo. Este acercó sus labios y la besó en la frente. De pronto llega de lejos una música triste, como el sollozo de una alma que vaga en el espacio. Una música lánguida de llanto, de pasión, de ruego que se deshoja en el aire como una rosa de cristal. Era la romanza de los besos cuyas notas como lágrimas se alejaban, se perdían, se esfumaban en el silencio de la noche.

Elena, desprendiéndose de los brazos de aquel hombre, que la mira estupefacto, se incorporó bruscamente. Sus ojos tenían un fulgor extraño, algo así como si del fondo de su memoria se levantara un recuerdo. Estaba allí de pie, inmóvil, pálida, desencajada, con los saltados como loca y el cabello desordenado. De pronto su mirada fijóse en el retrato de su difunto esposo, clavado allí en la pared, mudo testigo de aquella escena, su rostro siempre dulce, apacible, pero sus ojos parecían más severos que nunca.

Elena dio un ¡Ay! desgarrador y corrió a postrarse ante aquel retrato, gritando desesperada entre gemidos:

¡Perdón, Roberto mío! ¡Perdón! ¡Perdón!


(∗) Este fue mi primer cuento. No lo creo de mérito, pero, le tengo gran cariño: es el primero.

———

Vicente Huidobro.
Cuento del libro Pasando y pasando (1914).


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Vicente Huidobro.

Vicente García-Huidobro Fernández. Fue un poeta chileno. Nació en Santiago, provincia de Santiago, el 10 de enero de 1893. Hijo de Vicente García-Huidobro y de María Luisa Fernández Bascuñán, nació en el seno de una familia adinerada, relacionada con la política y la banca. Su padre era el heredero del marquesado de Casa Real y su madre, una activa feminista y anfitriona de numerosas veladas literarias. Desde su juventud realizó frecuentes viajes por Europa, que le valieron un profundo enriquecimiento cultural y una depuración de sus gustos estéticos. Tras pasar sus primeros años en Europa, entró en 1907 al Colegio San Ignacio en Santiago, perteneciente a la Compañía de Jesús. Cursó estudios de literatura en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile​ que dejó sin terminar. Particularmente intenso desde la experiencia intelectual fue el largo período en que residió en París, ciudad a la que llegó en 1916, en pleno desarrollo de la Primera Guerra Mundial. A finales de la Segunda Guerra Mundial regresó a Europa para alistarse con el ejército francés, con el que participó en las últimas batallas y obtuvo el grado de capitán. Entonces su figura comenzaba a ser una leyenda en Chile, donde en 1945 se publicó una Antología. Su experiencia bélica le dejó una herida que no llegó nunca a curar y que lo condujo a la muerte cuando estaba de vuelta en su país natal, falleciendo a orillas del mar en Cartagena, el 2 de enero de 1948. Su hija Manuela se preocupó de sacar a la luz las últimas creaciones de su padre en el mismo año de su muerte publicando Últimos poemas. Siguieron diversas ediciones y reediciones de sus obras; todavía en 1993 José A. de la Fuente editaba Vicente Huidobro: Textos inéditos y dispersos.

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