Autores venezolanos·Ensayo

Sobre Rilke y Las Elegías de Duino- Hanni Ossott

Prologo a su traducción de las Elegías de Duino.


Entre los poetas de lo religioso y lo sagrado debemos contar a Rilke. Su religiosidad es muy particular. Rilke ejercita un fervor íntegro y especial por las cosas: la casa, la catedral, las torres, los árboles, la tierra. En su poesía y en su vida se muestra una sagrada reverencia por todo lo que somos, por todo lo que podemos ser. Su tensión lírica se dirige a «celebrar» la posibilidad de ser. Y ello es así porque al fondo de esa «posibilidad» se impone la disipación, la disolución. A la llenura del amor, a su excesiva plenitud, opone un espacio «abierto» en el cual se disuelve y se borra el abrazo. Toda intensidad sentida y ya desbordada acaba en el espacio invisible, allí donde moran los ángeles. Nuestro sentir, nuestro pasado preciso se vuelven disipación . Nadie aquí está holgado y a sus anchas. La libertad humana está restringida a una condición de ser que está disminuida frente a lo sobrehumano: el infinito, las grandes noches, las estrellas.

Más libre que el hombre lo es el animal, entregado siempre a la apertura; él posee una muerte detrás de sí, y una vida sin tiempo y sin urgencias. También libre es el niño, que anda «entre mundo y juguete». Y libre es el pájaro. Nosotros no somos libres, dependemos de sombras, de padres arcaicos, fondos antiguos, y queremos ser-dice Rilke. La confusión, la errancia, lo excesivo nos signan y nos determinan. Rilke se pregunta si acaso puede haber una «franja de tierra fértil» o una palabra pura; si aquello que somos puede impregnarse acaso de alguna claridad y moderación en el gesto y en el abrazo. Existe un equilibrio que no es del gimnasta, un equilibrio interior: ¿es esto posible ante tanta presión? Lo que el hombre ofrece al ángel es la «presión de la catedral», una intensidad, una pasión, una disminución desde el sufrir, un agostamiento:

¿Sabe pues a nosotros el espacio del universo en el que nos
                                                                                 [disolvemos?

Las Elegías de Duino están recorridas por preguntas. Nada en ellas se presenta ya resuelto. Todo está expresado en ellas de modo condicional: ¿Quién, si yo gritase, me oiría, pues, entre la jerarquía de los ángeles? Esa condicionalidad expresa el carácter modesto de la poesía de Rilke; así también lo fue Rilke en su vida. Él propuso para la vida una relación de intimidad con las cosas, una relación de amparo y de cuido, y en este sentido su modestia generó riqueza. En una carta a Wirold Hulewicz, del 13 de noviembre de 1925, se queja de esa manera atropellada que el hombre mantiene en su relación con las cosas: «Aun para nuestros abuelos había  una ‘casa’, ‘una fuente’, una torre para ellos familiar, más aún, su propia ropa, su abrigo: infinitamente más familiar; casi todas las cosas eran recipientes en que encontraban lo humano y en que ahorraban lo humano. Ahora llegan de América vacías cosas indiferentes, pseudocosas, trampas de la vida … Una casa en la mente americana, una manzana o una vid americanas no tienen nada en común con la casa, la fruta, el racimo, en que habían penetrado la esperanza y el ensimismamiento de nuestros antepasados … ».

Rilke previó la invasión del espacio humano por esas cosas que carecían de historia Íntima y sagrada. Él habló a través de Malte de las vidas poco propias, aquellas vidas vividas como a destajo, irreverentes consigo mismas, apresuradas en el sentir. En Los cuadernos de Malte Laurids Brigge señaló el deber que tenemos de hacernos una muerte propia. Y en las Elegías nos enseña la realización de la muerte en la vida.

El tono de las Elegías es lento así como lo es también aquello que Rilke exige de nosotros. Se trata de una paciencia convertida en transformación. Esta transformación es profundamente religiosa, no al modo de la religión cristiana, sino al modo del hombre desasistido existencialmente que decide desde el morir toda fundación. No hay para nosotros madres que nos amparen ni amores sino una profunda soledad. Rilke entiende la muerte no sólo como un desfallecer sino como aquello por cuyo contacto llegamos a ser, como si la vida se reafirmara a partir de la muerte. Esta idea de la armonía entre vida y muerte había sido expresada ya por los poetas románticos. En la misma carta a Hulewicz dice: «La afirmación de la vida y la afirmación de la muerte se muestran como una sola cosa en las Elegías. Admitir la una sin la otra sería, como aquí se siente y solemniza, una limitación que, en definitiva, excluiría todo lo infinito. La muerte es el lado de la vida que no da hacia nosotros, el lado que no nos está iluminando: debemos intentar realizar la máxima conciencia de nuestro existir, que reside en ambos dominios, limitados y se nutre inagotablemente de ambos[ … ] La verdadera forma de la vida se cruza a través de ambos territorios, y la sangre del máximo giro se abre paso a través de ambos: no hay ni un aquende ni un allende, sino la gran unidad, en que tienen su morada los seres que nos sobrepujan, los ‘ángeles’».

A esta preparación frente a la muerte Rilke opone la prisa del héroe y de los amantes; ellos son siempre los urgidos y la pena en el desgastarse. Ellos son los que andan como si no hubiese lugar. Para Rilke se trata de hacer lugar, de hacer pertenencia y casa. La modernidad de Rilke radica en esto, en saber que el hombre carece de lugar. El hacerse un lugar sólo es posible en contacto con la muerte. Se trata de una idea similar a la expresada posteriormente por Heidegger: «ser para la muerte». Rilke sabe que el no-lugar proviene de fondos muy antiguos; así lo atestigua la «Tercera elegía». El hombre es sólo en parte culpable de su errancia. Un origen arcaico lo impulsaba a ella.

En las Elegías se nos indica que lo más importante es entrar en contacto con nuestro origen: la pena primordial. Ello conduce al país donde moran las Lamentaciones («Décima elegía») . Esa zona es excesivamente antigua y a ella estamos atados. No sólo a nuestros padres y a nuestros prójimos debemos la pena, sino a lo más arcaico. En la muerte lo encontramos. Y pareciera que fuese para alcanzar la unidad con nosotros mismos. Es posible que Rilke haya visto en la muerte un modo de redención, de culminación. Sin embargo, esta realización en la muerte exige el estar conscientes. Rilke pide atención al vivir.

Las Elegías de Duino no son sólo composiciones líricas que lamentan la muerte; en ellas se celebra también la vida a través de la muerte. Ellas fueron escritas en el castillo de Duino y el poeta ha dicho en una de sus cartas que ellas le fueron dictadas. La elaboración de las Elegías no fue continua. La «Primera elegía» fue escrita en enero de 1912 y la siguió la «Segunda» el mismo año. En la «Tercera elegía» Rilke demoró un año para su conclusión, de 1912 a 1913. La «Cuarta elegía» fue escrita en 1915. Luego vino un largo período de receso en la creación que fue retomado el 14 de febrero de 1922, cuando Rilke escribió la «Quinta elegía». La «Sexta elegía» fue iniciada en 1913 y concluida en 1922. La «Séptima», la «Octava» y la «Novena» elegías las escribió en 1922; y la «Décima» fue iniciada en Duino en 1912 y concluida en febrero de 1922. Es importante señalar la atención sobre ese distanciamiento temporal en la creación de esta obra. Entre 1912 y 1922 hubo un tiempo de infertilidad, o quizás más apropiado sería decir que lo fue de incubación. Como es sabido por las Cartas a un joven poeta, Rilke asumió la poesía como un acontecimiento de madurez, paciencia y transformación interior. Lejos estuvo Rilke de asumir una postura experimental ante el hecho creador. Lo «literario» no le concierne. Escribir es para Rilke una experiencia por la cual la vida se da; por ello, ante la dificultad de escribir, Rilke opuso siempre la paciencia y la espera. Por otra parte, su poesía es de escucha. Rilke «escuchó» las Elegías y luego las transcribió. Él no se sintió dueño de ellas, le advinieron. Este oír, esta escucha se expresó en la «Primera elegía».

¡Voces, voces! Escucha, corazón mío, como sólo
escucharon los santos: tanto que la gigantesca llamada
los alzaba del suelo; pero ellos quedaron
impasibles, de rodillas y no atendían:
así estaban de entregados a la escucha. [ … ]


Hanni Ossott.

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Hanni Ossott
Hanni Ossott. Vasco Szinetar.

Hanni Ossott. Fue una poeta, profesora, traductora, ensayista y crítica de arte venezolana. Nació en Caracas, Venezuela, 14 de febrero de 1946. Sus padres fueron Hans Ossott Machado y Magdalena Lipfert de Ossott, ambos de origen alemán. Su madre murió cuando Hanni contaba con tres años de edad. Su familia le ocultó el hecho por mucho tiempo en un intento por protegerla del sufrimiento y este hecho traumático marcó el resto de su vida. Despertó en ella una gran sensibilidad poética, espiritual y una percepción única de la existencia. La madre es una figura importante en algunos de sus libros de poesía, especialmente en Casa de aguas y de sombra, el libro en el que aborda la temática de la infancia. A sus 21 años ingresó a cursar estudios en la Escuela de Letras, Facultad de Humanidades y Educación, de la Universidad Central de Venezuela. En 1971 se casó con el psiquiatra Alejandro Otero (hijo).

En 1978 asumió la cátedra “Necesidades expresivas” en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela y a lo largo de la década siguiente dictó los cursos “Poesía y poetas”, ”Literatura y vida”, ”Lo apolíneo y lo dionisíaco”, “Literatura alemana”; además, se desempeñó como Jefa del Departamento de Disciplinas Literarias. Estuvo muy interesada en la obra de los griegos y viajó a Grecia a cursar estudios sobre Platón y Heráclito en la Universidad de Atenas. En esa época dominaba siete idiomas: italiano, francés, latín, inglés, alemán, español y griego. De igual forma, estudió ampliamente la obra de Friedrich Nietzsche. Desilusionada por su experiencia académica en Atenas decidió irse a Londres a cursar estudios de filosofía, por consejo de su amigo el historiador Manuel Caballero, quien por entonces cursaba estudios de posgrado en Oxford. A los meses, contrajo nupcias con Caballero. Tradujo a poetas como Rainer Maria Rilke y Emily Dickinson, que tuvieron una decisiva influencia en su propia obra. Fue también crítica de arte y publicó varios libros de ensayos sobre poesía.

Entre sus obras se encuentran: Espacios para decir lo mismo (1974). Formas en el sueño figuran infinitos (1976). Memoria en ausencia de imagen, memoria del cuerpo (1979). Hasta que llegue el día y huyan las sombras (1983). Plegarias y penumbras (1986). Imágenes, voces y visiones. Ensayos sobre el habla poética (1987). El reino donde la noche se abre (1987). Casa de agua y de sombras (1992). El circo roto (1996). Aunque trató diversas temáticas, el abordaje de su poesía tiende a estar vinculado con la nocturnidad, la casa, el dolor y la muerte. Obtuvo los siguientes premios: Premio Nacional en la II Bienal de Poesía Ramos Sucre, en 1976, por su obra Formas en el sueño figuran infinitos. Premio Municipal de Literatura Mención Prosa, en 1987. Premio CONAC Poesía Francisco Lazo Martí, en 1988.

Murió en Caracas, el 31 de diciembre de 2002, tras varios años de reclusión en una casa de reposo. Hubo diversas especulaciones ante la posibilidad de que su muerte haya sido un suicidio y otras que afirmaron que se trató de causas naturales. Sus cenizas fueron esparcidas en los jardines de la Facultad de Humanidades y Educación de la UCV, donde Ossott había ejercido la docencia durante 20 años.

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