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La Soledad de Orfeo – Ludovico Silva

NOTA DEL AUTOR

Este poema o cantata, publicado por primera vez en 1980, fue escrito en 1961. El primer manuscrito data ya de veintisiete años. Estaba yo recién llegado de Europa y quise resumir en un vasto poema todo mi sentimiento de la antigua cultura. Canté una Europa pasada y una Europa futura, y lo hice con mi letra de americano. Después de tantos años y de sucesivos manuscritos y correcciones, al fin he abandonado a su suerte este poema musical. Musical, digo, porque está escrito para ser cantado o recitado con acompañamiento de liras, pianos o violines. Tal vez algún día un músico y un escenógrafo se decidan a emprender la loca aventura de montar este poema en un teatro. Podría hacerse con él un verdadero ballet ruso al estilo de los de Diaguilev. En cuanto a la crítica y los colegas, no espero absolutamente nada. Sé que este poema es desusado, fuera de tiempo; es más bien un poema para el futuro. Hoy no se usan los poemas largos y muy trabajados, llevados hasta la máxima perfección formal. Yo me contentaré con que uno o dos espíritus afinados musicalmente sepan comprender el secreto esplendor de estos versos que ahora van a correr su destino entre las gentes. En este poema, POESIA es: combinación musical de símbolos.

LA SOLEDAD DE ORFEO

I

VENUS A ORFEO

Catástrofes de piedra, albas de hielo,
yacimientos de muerte y esperanza
como espumas se elevan a tu cielo;

y en lo más alto del amor aún danza
sobre la mar, en una tumba de oro
la luz dorada que en mi noche avanza.

Cantas en mis vocablos como un coro
de mineros hundidos en las peñas
buscando un ciego y lúcido tesoro;

pero antes hallarán unas pequeñas
piedras de luz los hombres en la roca
que tú el diamante que en la sombra sueñas.

Una montaña de hambre te convoca
con el sonoro y místico instrumento
de la lira que canta con tu boca,

y aunque el bosque se mueva con el viento
y enloquezca en la noche tu hondo armonio
como en temblor total del firmamento,

tú permanecerás junto al insomnio
sin poder preferir lo que prefieres
y sin poder triunfar de tu demonio.

¡Triste montaña, Orfeo, en la que mueres
sacrificando noches y linternas
para alumbrar un pueblo de mujeres!

¡Qué tumulto de ménades y piernas
quieren ahogar tu voz y tu deseo
de soñar para el hombre albas eternas!

Desde mi densa soledad te veo
perseguido por ménades furiosas
que odian tu nombre y tu belleza, Orfeo.

Son las furias de siempre escandalosas
amenazando al hombre cuando canta
y hace danzar el orden de las cosas.

Pero veo también cómo levanta
Tu ser su dignidad, porque los cielos
de su divinidad te dieron tanta

que a pesar de la hembra, honda de celos,
tu cuerpo hecho de címbalos y liras
libremente pasea por los suelos.

********

Las melodiosas flores que respiras
dulces tallos ondean donde mecen
la suave ondulación conque las miras.

¿No oyes silbar los cedros que amanecen
y el temblor cristalino de la aurora
y el susurrar de cosas que verdecen?

Como del virgen bosque donde mora
tu firme soledad, surgen las aves,
de tí vuela tu voz, ave sonora;

y en tintineo de infantiles llaves
suena el río feliz por la cañada
lleno de garzas como blancas naves

mientras sueñas un agua transformada
por el remo tenaz de tu memoria
en la Venus de piel maravillada.

No se para jamás la vieja noria
de tu amor en el tiempo, ni se cansa
de imaginar la piel evocatoria

por donde el sueño con su tacto avanza
piedras verdes creando en las pupilas
para mirar, mirar con esperanza.

Tu lira ve danzar manos tranquilas,
delicadas arañas con que ahora
la tela de amor cantando hilas.

Con el canto la vida se demora
y avanza un blanco pie por la pradera
despertando las cosas en la aurora.

La vida, Orfeo, ociosa y pasajera,
la vida de los hombres y las cosas
con el canto se vuelve duradera.

¡Rosal eterno en las mortuorias losas!
Antes se morirán las cosas vivas
que la perfecta formas de las rosas.

Toca el río con aguas sensitivas
los dedos de tus pies, serpea y toca
la quietud de las cosas fugitivas;

Toca el río la fuente de tu boca
y el río y tus palabras se confunden
de no saber quien sueña y quién evoca.

Así las de vivir se funden
en la hora de morir, lago fecundo
donde el orgullo y la pasión se hunden.

Y así tu canto, respirar profundo
del universo, enciende los fanales
que alumbrarán el corazón del mundo.

JUPITER A ORFEO

Desde los verdes prados inmortales
donde, como la muerte, vivo y moro,
oigo, Orfeo, tu queja de cristales.

Tú sabes que el destino es un tesoro
donde se guardan los hombres. Hoy te enseña
la brutal humanidad su rostro de oro

pero tu ebrio cantar nunca desdeña
la vida de los dioses, y prefieres
dar a cantar al dios que en tu hombre sueña.

No te asesinarás en lo que eres
por oír las pasiones que se agitan
en tí como un tumulto de mujeres.

Déjalas que se cansen y repitan
hasta el dolor su canto de sirenas,
pues lo que dulce dan amargo quitan.

Si con tu mano cuentas las arenas
buscando el tiempo eterno, el hoy de antes,
acerca al mar tus manos y tus penas

que olas de ayer, sonoras y diamantes,
te dejarán viviendo entre las manos
la rosa de un futuro sin instantes.

O mira hacia esos álamos lejanos
donde el aire del mar se reverdece
lo mismo que el recuerdo en los humanos.

Mira cómo el hombre se estremece
la certeza de ser uno y pequeño
como la planta que en la sombra crece.

Con tu castalia soledad de isleño
y tu milagro súbito de fuente
quieres ser y no ser tu propio sueño.

Si a Eurídice contemplas frente a frente
a tu destino llegarás cansado
y hacia la mar irás, agua corriente.

ORFEO A JUPITER

Mi dios, oigo tus bronces…¡Tus llamados
campanean presentes en la aurora
entre un son de futuros y pasados.

Oigo la mar, elástica y sonora,
milagrosa mujer y miserable
bestia azul que con labios enamora

ebria de eternidad, de tiempo estable,
sin ayer, sin presente, sin mañana
labio del infinito, hidra incansable!

De esta mar surgió Venus soberana
y en la concha su cuerpo sonreía
con una luz de garza en la mañana.

Por sus miembros de amor cantaba el día
y como delicados pensamientos
el aire sus cabellos esparcía.

Toda mi eternidad se iba en fragmentos
cuando el mediterráneo azul cantaba
la música de un cuerpo hecho a momentos.

Hondo placer comienza y hondo acaba
entre ser y no ser la diosa que era
y la mujer que simplemente estaba.

(Mirando a Júpiter)

Padre mío, la mar, ebria pradera
Con verdes manos hizo los rosados
Miembros de la mujer, sagrada fiera,

torre de carne y huesos embrujados!
Se le adhería el mar como una herrumbre,
fijábase en su piel por todos lados

y como enamorada muchedumbre
hacia el monte subía por las piernas
como queriendo humedecer la cumbre.

¡La amaba el mar, sonoro de linternas!
De dioses es saber que entre las cosas
las infinitas aman las eternas

en un concierto de héroes y esposas
como el durable corazón humano
ama el eterno instante de las rosas.

JUPITER A ORFEO

La luz se hace sonora entre tu mano,
Orfeo; el alba canta milagrosa,
óyese aullar la noche como un piano

y al viento, ángel sonoro, en toda cosa
la música sembrando, en tanto sueñas
con el misterio virgen de la esposa.

Venus amas, Eurídice desdeñas
Porque es Venus la forma enamorada
Y Eurídice, catástrofe de peñas.

Venus te llama a la región deseada
en que destino y vida son lo mismo
y el ser resiste al viento de la nada.

Eurídice te trae hacia el abismo;
ella es la bestia humana que te adora
como un enamorado cataclismo

¡y ay de tí si al minuto y a la hora
Sucumbes…! La pantera del instante
Puede asustar los ciervos de la aurora.

Cuídate, Orfeo, salva tu fragante
destino; no oigas silbos de sirenas,
puedes perder la rosa de diamante.

¡Orfeo, mira a Venus, las arenas!
Sobre tu antigua sumisión hoy llueve
la libertad, sonora de cadenas.

¿Quién es más bella: Eurídice de nieve
o Venus, delirante ojo asombrado
secretamente azul, como la nieve?

Te ordeno, pero piensa lo ordenado
como la libertad piensa al destino:
¿a qué Eurídice irás recto y sagrado?

ORFEO

(Solo. Voz de ala ahuecada)

Hombres y dioses son carne y espino.
Donde algún dios hunde su lanza
dulcemente los hombres sangran vino;

y donde clava el hombre su esperanza
le devuelve la tierra su energía
con que la noche del dolor avanza.

Yo ya no soy aquel que yo quería;
mi ser es una sombra de haber sido
y esta voz sin color ya no es la mía.

Todo lo que era un hombre, lo he perdido.
La silente ebriedad de mi deseo,
la libertad interna del quejido.

De la carne de Eurídice soy reo
y humano, pero esclavo de los dioses,
encadenado a cosas que no veo.

Ah, libertad humana que das coces
en pleno corazón, cuando el destino
con una voz nos llama entre mil voces!

La soledad sedienta del camino
puede llegar al agua clara y una
si el corazón se vuelve más divino.

Y el agua de la mística laguna
sonreirá en el alma con el brillo
vertical y sonoro de la luna.

La luna sobre el mar, sexo amarillo
la complicada libertad convierte
en un flujo fatal, ciego y sencillo.

Y el movimiento extraño de la suerte
se hace necesidad entre la vida
frente al azar seguro de la muerte.

Eurídice, la mar enloquecida,
te amo, te soy recíproco y cercano
con un amor elástico y suicida.

Pero Venus, amor, tendió la mano
y Júpiter divino puso el dedo
sobre mi abierta libertad de humano.

Y no me queda más que el hondo miedo
de ser y no ser en esta aurora
en que solo me quedo y sólo quedo.

Ay, mar, enorme libertad sonora,
ciego animal hundido en el tormento
de ser y no ser hora tras hora!

Verde bosque movido por el viento,
Movilidad, la mar, fija y serena
y el mar, la libertad en movimiento.

Su castillo mi ser rompe y condena
y apenas como un náufrago, conquisto
la libertad irónica en la arena.

Ah, que el ojo del hombre nunca ha visto
con la cruel lucidez que yo lo veo
este ser y no ser mientras existo!

Y hombres y dioses son carne y deseo…

(A continuación, clara y lejana,
la voz de Eurídice. Luego de cada
estrofa, un silencio y violines.
Consultar con Glück)

VOZ DE EURIDICE

El milagroso amor quiero ofrecerte;
no me dejes vivir entre la muerte
como los condenados. Alma mía.

Oh, criatura sonora, dulce amigo,
deja que en tu alma crezcan como el trigo
mi amor y mis palabras. Alma Mía.

Tu libertad de nada te ha servido:
ven al vientre fatal donde has nacido
como nacen los hombres. Alma mía.

Olvida a Venus carcelaria y dura
y vente a navegar en esta oscura
noche de los humanos. Alma mía.

Baja a buscarme hasta el infierno, Orfeo;
oye el rumor de espiga del deseo,
tu libertad, tu límite, Alma mía.

(Allegro maestoso y telón).

II

CARONTIS NAVICULA
(Elegía)

Nave que me conduces al amor, navecilla
habitada por héroes y uvas
que en los vasos descansas un silencio de arcilla
en un tronar de címbalos y tubas;

navecilla del tiempo, barcarola ilusoria
donde el destino aún lucha con la suerte
sobre la lenta y densa corriente evocatoria:
no conduzcas mi vida hacia la muerte.

Orienta, barca eterna del ser, tu quilla hundida
sobre la milagrosa agua del vino;
no me traigas la muerte mientras amo la vida,
no hagas azar las cosas del destino.

Deja que esta agua corra, como por los desiertos
del tiempo, corre el hilo de la hora;
que otros ríos se vayan hacia el mar de los muertos;
yo me voy por la noche hacia la aurora.

Barca, inexistencia pura, simple fondo y fragmento
rama que a morir vas fresca y dorada,
el viento de las cosas y los hombres, el viento
de este mundo te empuja hacia la nada.

Pero hay brisas que besan todos los intersticios
del ser, se le confunden con la esencia,
cálidos hay monzones, prodigiosos alisios
que al hombre dan heroica potencia.

Yo amo esas brisas verdes, su callada fragancia
que a ésta barca sin dios, cóncavo leño,
lleva a través de un tiempo donde ya no hay distancia
a las praderas últimas del sueño.

Sonar en el follaje donde la vida sueña!
Y mientras las arenas llegan solas
al mar y sus follajes, yo soy ebrio en la arena
como el número amante de las olas.

Y vivir esperando lo que la muerte niega,
y la sangre no está nunca segura,
e ignorar, en la angustia de vivir, cuándo llega
la hora de iluminar el alma oscura.

(Vuelan demonios. Caronte
examina la nariz de Orfeo).

ORFEO
(Solo. Infiernos)

Como quien va hasta el fondo de sí mismo
y allí aprende a sentir que toda cosa
es por dentro un sereno cataclismo,

regresaré a la fuente milagrosa
sonando volveré al antiguo prado
donde el don de los dioses aún reposa.

Y el cuerpo de la esposa, ebrio y rosado,
miraré florecer hondo y divino
como un otoño límpido y sagrado.

Sobre esta cuenca de odio mi alma inclino
en un ramo de lámparas eternas
buscando libertad en el destino.

Mi voluntad me trajo a estas cavernas
donde la luz se mueve prodigiosa
como un sonoro pueblo de linternas.

Techos iluminados y rocosas
nervaturas de tiempo detenido
donde brilla el recuerdo de las cosas.

Silbos de soledad, masas de olvido,
muerte continua y fija en el tormento
y la vida llorando, ciervo herido.

Héroes, dioses, pasan con el viento
y mi divino cuerpo siente humano
toda la eternidad en un momento.

Dentro el abismo atroz, no sé qué mano
se me sale del cuerpo y todo toca
y hace de estas cavernas un gran piano.

No sé qué certidumbre de mi boca
suena por la techumbre iluminada
como queriendo conmover la roca.

Resuena la caverna condenada
cuando desesperados testimonios
caen como pedruscos en la nada.

Y su aleluya cantan los armonios
mientras el dios total se rompe vivo
en un vitral inmenso de demonios.

Con esta voz que vuelve sensitivo
el muro del infierno permanente
y da quietud al cielo fugitivo;

con esta voz de címbalo demente
regresaré a la fuentes de la vida
y reiré cantando entre la fuente.

PLUTON

¿Cuál es el cruel azar que te convida
a huir con tu destino hacia el amor
como una virgen yegua perseguida?

¿Cuál es ese dolor,
cuál el altar
donde tu ayer sin fin cruje y delira?
¿Dónde el altar en que la ira
de tu millón interno de demonios
sangra bestial como una fiera?
¿Dónde ese sirenaico soplo de los armonios
las iglesias que caen, el Dios entre los muros,
los pedros confesados, los cristianos antonios,
los seres más oscuros?

ORFEO

Mi universo es de espuma, pero es hondo;
en este movimiento de la espuma
todo es claro y feliz, puro y redondo.

¡Todo, todo es al fondo
fatal, hasta el azar!
Todo es comienzo y fin definitivo,
pero mi libertad conozco y vivo
como conoce el barco los vientos de la mar.

PLUTON

¿Y las iglesias, y los pedros, y los antonios?

ORFEO

Que se los lleve el demonio,
el demonio, el demonio.

PLUTON

Que no te engañe la vida;
cuídate de zozobrar
con tu pobre barca herida
sobre las aguas del mar.

ORFEO
Las brisas vienen del hombre
como vienen de la mar.
Con la mar se viene el viento
y con el viento el azar.
Plutón! Las barcas humanas
se van a vivir al mar
sabiendo que barca es barca
cuando sabe zozobrar.

Entra el agua por los poros,
cae el hombre salado hasta el hombre,
se echan al agua todos los tesoros
y el agua canta universal su hambre.

PLUTON

Aire tienes de dios, y hasta tu mano
donde toca, despierta lo divino;
pero ese vacilar de tu destino
sólo es humano

Cuando veas el río de un murmullo
fatal, como una naufragio de profetas,
son los dioses que van como saetas
al Acto suyo.

Pero si vez alguna tú has sentido
en tu memoria arder reminiscencias
y el río de tu ser arrastra ausencias,
humano has sido.

La brisa de las cosas, libre y fina
es la fatalidad de lo mudable,
y los ríos, de muerte interminable,
sangre divina.

Te hace divino tu morir si huyes
por la puerta final de cada instante
y haces de tu morir vida constante
y hacia la vida por la muerte fluyes.

(Se retira)

ORFEO
(Solo. Hielos. Infierno)

El corazón que tengo no se espanta
como jamás el corazón se arredra
cuando la voluntad de un hombre canta.

Subir por el amor en verde hiedra
hacia la rama que el dolor levanta
y el abismo caer como una piedra!

La voluntad de amor se me agiganta
viendo cómo la masa de la nada
con pasos de elefante el ser quebranta.

Y aunque vea caer nieve sagrada
sobre el extraño bosque de la historia
no quedará mi rama congelada.

¡Diamante de los hombres, ebria gloria
de ser y no ser presente ausencia
y ser hijo, no más, de la memoria!

¿Qué permanecerá de mi honda historia
si no llego yo a ser de los que han sido
una clara y fatal reminiscencia?

¿Y seré alguna vez lo que he elegido
ser, si no resucito y rememoro
el ser que tuve y canta el olvido?

Yo tuve un ser escrito en letras de oro
que en eleusinas agua sonreía
y era estrofa de luz en el gran coro.

Hoy soy un hombre y tengo la voz mía
y con mi genio quiero y con mi esfuerzo
tener la que mi ser antes tenía.

Ah la felicidad de ser un verso
preciso, ebrio, sonoro, articulado
en la estrofa coral del universo!

(Silencio. Eurídice va apareciendo
lentamente por el fondo
llega al lado de Orfeo)

ORFEO
Vivamus, mea lesbia, atque amemus…!
¡Qué infierno éste tan claro, iluminado!
Ciega mía, veamos, recordemos.

Tan sonoro este infierno y tan callado,
tan ciego amor y puro y construido
tan claramente urdido y levantado!

EURIDICE

Eres rayo en la noche, ciervo herido.
ORFEO

Para calmar mi sed, para encenderte.

EURIDICE

Y como un dios resistes al olvido.

ORFEO

Y como un hombre, lucho con la muerte.

EURIDICE

Como la libertad vence el destino,
con tu música vences a la suerte.

ORFEO

Y son tan libre, amor, como un camino.

EURIDICE

Y quién sabe si el tiempo de las rosas
no será el mismo tiempo del espino.

ORFEO

Eurídice, estas aguas milagrosas
antes de ir al mar, fueron la vida;
y son muchos los tiempos de las cosas.

EURIDICE

Pero llega el momento en que la herida
en un cristal de ríos y leones
se va a un tiempo fatal, fin y partida.

Y hay un arpa que anuncia con bordones
sobre esta primavera y este invierno
un tiempo de divinas estaciones.

ORFEO

Amo el sol de este mundo, el brillo externo
de estas cosas que pasan y fenecen
y en su mudanza dejan algo externo.

En plutónicas ollas se me cuecen
tiempo y eternidad entre el deseo
de ver como las cosas amanecen.

Tu hígado inagotable, Prometeo,
Tu amor, tu luz humana ha concebido
Que al fondo de las cosas cante Orfeo.

EURIDICE

Algo bello y sin ser, algo perdido
como una ola armoniosa en las arenas,
algo como el amor quiere mi oído.

Quiero sonar, Orfeo, como suenas,
sentir el cuerpo abrírseme de bocas
como si fuera un pueblo de sirenas.

ORFEO

Yo siento el movimiento de las rocas
que en terremoto de pasión y minas
a las eternidades caen locas;

siento el horror en todas las esquinas
del universo, y candorosamente
haciendo voy de tí formas divinas.

Eurídice, tu piel fija y silente,
timbal de carne y leche, hondo y mortuorio
con olvidado resplandor de fuente.

Y tu cabello, río evocatorio
donde anclada mi vida permanece
como un pez de dolor, peine ilusorio.

Carne inmortal que sangra y amanece
te veo preguntar –y no hay respuesta– por el placer que sangra mientras crece.

Carne aquella que vives, carne esta,
te vas muriendo en fin por multitudes
y te veo crecer como una fiesta.

Te veo regresar en ataúdes
y cánticos de amor en las praderas
donde toros habitan y virtudes.

Quiero salvarte pura y sin fronteras
y mi sexo mover en tus entrañas
como se mueve un brazo en las galeras.

Pero quiero tu ser sin artimañas,
sin hembra omnipotente o Venus loca;
que amor sin posesión mueve montañas.

EURIDICE
(Tota femina sexos)

Y yo quiero sorberte con mi boca
y brillaren en tu ser como un diamante
que alumbrase en la entraña de una roca.

Como en la estrella vive el navegante
yo quiero que tu ser, cóncavo leño,
mueva en mi piel de amor dedos de amante.

De ti quiero ser toda un solo dueño;
que a mi vientre aferrado permanezcas
como en la muerte habita y vive el sueño.

Y que sobre mis prados cantes, crezcas,
resbale tu sonido por mis lomas
y por mi soledad tus aguas frescas.

Donde pasa mi pie surgen aromas;
toca mi planta el suelo y se levanta
la vida en muchedumbre de palomas.

Cuando mi blanco pie pone su planta
sobre estas rocas, el infierno siente
el frescor del recuerdo que en mí canta.

Noche ciega y sin luz habrá en tu mente
si no llevas mi cuerpo hacia tu mundo
y lo miras abrirse dulcemente.

Quiero que oigas el címbalo profundo
destas entrañas mías donde suena
el símbolo de un cuerpo ebrio y fecundo.

Olvida a Venus psíquica en la arena;
que sus espumas caigan en la nada;
olvida ya la mar Anadiomena.

Ven a vivir mi carne saturada
de dioses y demonios; ven y mira
esta carne de dioses endiablada

donde la voz del ser ruge y delira
como el hondo silencio de los montes
cuando tu voz se mezcla con la lira.

Todos los hombres son Janos bifrontes;
quieren todos volver a lo perdido
como quien va a futuros horizontes.

Nadie deja de ser lo que ya ha sido
y el que nace de vientre enamorado
a enamorado vientre es conducido.

En ángeles de sal desciende el hado
para azuzar los bueyes del olvido
y conmover los cedros del pasado.

Mira que de mujer fuiste nacido;
tu ser riente de fluvial euforia
a un vientre universal es conducido.

Muérete, pues, de vida transitoria
porque habrás algún día de quedarte
como un niño, desnudo y sin historia.

ORFEO

Eurídice, me voy hacia la parte
del mundo en la que sólo está presente
la voluntad de verte y no mirarte.

Me voy como los ciervos a la fuente,
simples de amor, delgados y sedientos
para beber la elástica corriente.

Me voy, me voy callando los tormentos
como se van los vientos, como pasan
bajo la luz del sol los pensamientos.

Sólo me das de tí cosas que abrazan,
nada puro me das, sólo pasiones
que los campos del ser queman y arrasan.

Ese vientre armonioso, a cuyo sones
baila todo el infierno, no me basta
para vivir ausente de mis dones;

detrás de esta luz simple y casta
y como en procesiones infernales
toros doscientos mil muestran el asta.

Brujas y monstruos danzan funerales
en tu vientre de amor, y zumban locas
las moscas en tus carnes inmortales.

Ese cuerpo de luz tiene cien bocas
de un esplendor secreto y miserable
que exhalan humo y miel, como estas rocas.

Tu dulce voz me corta como un sable
me convida a morir entre tus piernas
y a olvidar mi canción inolvidable.

Yo descendí cantando a estas cavernas
para buscar la luz de Prometeo
y en tu ser corporal formas eternas;

bajé queriendo recordarme Orfeo
y en lugar de los ciervos luminosos
encontré las panteras del deseo.

En otro tiempo fueron más hermosos
estos ojos, Eurídice, que ahora
se van, se van cantando entre sollozos.

No se acostumbra el ojo que no llora
a imaginar el mundo como un prado
donde, al lado del ciervo, el tigre mora.

Tu voz era en mi ser ritmo sagrado;
la pradera del mundo estaba hecha
para correr, correr enamorado.

Y ahora tu voz, envenenada flecha,
me ha enseñado a pensar que a cada instante
dentro del hombre el animal acecha.

En otro tiempo el ser era un diamante
Al fondo de de las cosas, y hoy se mueve
En una rosa líquida y cambiante.

Los campos de la vida, en los que llueve
continuamente el tiempo inextinguible
son hoy un frío resplandor de nieve.

Este Orfeo que soy, casto y terrible
podía conducir tu cuerpo mudo
al extremo fulgor de lo sensible.

Algún dios inocente, simple y rudo,
me condenas fatal a amar la vida
en tu cuerpo maléfico y desnudo.

Y este Orfeo que soy, abierta herida,
este Orfeo que ves y que prefieres
no puede hallar en tí la voz perdida.

He razado aleluyas, misereres,
Kyrie-leison benditos, gritos santos,
y he aprendido a rezar con las mujeres.

Arcos de soledad, siglos y llantos,
permanecí en silencio, ciego, inerte,
pisoteado por un millón de santos,

sin fuerza, amor, para volver a verte
por entre las velas y resurrecciones
y el estúpido aroma de la muerte.

Quiero resucitar aquellos sones
de cuando el dios del vino era una feria
de alegría, tragedia y procesiones.

¡Qué señorial y casta la miseria
de nada poseer sino aquel vino,
aquella extraña, inacabable histeria!

¡Terrestre carnaval, olor marino,
carro frutal de bestias suplicantes
donde ríen lo humano y lo divino…!

Carro de luz y carnes exultantes,
carne, huesos de paz, carne de guerra,
alma de eternidad, rosas de instantes;

y por las frentes un verdor que encierra
junto al alud de amor y sentimientos
el verdor milagroso de la tierra.

Lágrimas de la vid, frescos sarmientos
que del suelo crecisteis a mis manos
y de las manos a los pensamientos.

Deliciosos verdores y paganos
amores, hecatombes, ramalazos,
copa llena del dios, dedos humanos.

Eran bellos de ver sangrientos vasos
en procesión fatal de la alegría
y en tumulto de ménades y brazos.

La corriente del ser así fluía,
tal en racimos la pasión cantaba,
pasaba así la procesión del día.

Lo hímnico, lo triunfal era y estaba
en perseguir la eterna primavera
y a la vez adorar la que se acaba.

La rebelión humana toda era
Revuelta de las carnes y los huesos
Por conquistar el alma duradera.

Pero un alma de carne y no de rezos,
alma de humanidad interminable
de amor y de dolor, mordisco y besos.

Sobre el cordero se meneaba el sable
sabiendo que entre dioses y cuchillos
sólo lo que es humano es perdurable.

Sobre la muerte se meneaban brillos,
relámpagos sin fin, albas oscuras,
y en la noche del ser cantaban grillos.

¿Cómo no amar las bellamente impuras
estaciones del ser? Y aún ahora
¿Cómo no amar la tierra y sus criaturas?

Pero me crece el odio a toda hora
porque a este mundo lo gobierna un cerdo
borracho, ebrio de sangre, alma traidora.

¿Qué ha de perder mi vida y yo qué pierdo
de los reinos de Dios, si entre la muerte
oigo el desfile inmenso del recuerdo?

Y a este mundo de nervios, denso y fuerte,
tocar quiere una luz enamorada
que a lo fatal convierte en simple suerte.

Pero todo es al fondo ley dictada
desde la entraña de los elementos:
todo es azar fatal, espuma y nada.

III

JUPITER

¡Entusiasmo, Entusiasmo de la aurora!
¡Si reconozco apenas a este Orfeo
en revuelta metálica y sonora!

Prados eolios, vientos del Egeo,
¿reconocéis antiguos sacrificios
en este sacrificio del deseo?

¿En dónde están los blancos edificios
que habrán de sepultar esta agonía?
Prados, prados de ayer, vientos alisios

¿y reconoceréis la rebeldía
de un ser que canta libre entre las cosas
con una libertad que no es la mía?

¿Y donde están las piedras milagrosas
de lo fatal aquello, y las praderas,
y la inmortalidad de aquellas rosas?

ORFEO

Tampoco eres, mi dios, lo que antes eras;
ven a vivir el gran renacimiento
y a gobernar las nuevas primaveras.

Renovarse o morir… Ser como el viento
de la divinidad, que está en las rosas
y muere y vuelve a ser cada momento.

Estas fatalidades herrumbrosas
en cuya oscuridad el ser andaba
y movíase el orden de las cosas,

son hoy la libertad que ya anunciaba
la luz de Prometeo, y la alegría
que, sin querer, tu amor profetizaba.

Prometeo surcaba la agonía
como un sereno barco en la tormenta
y por amor del hombre padecía.

Por ese amor su víscera aún alienta,
su cuerpo aún triunfa del horror marino
y enseña al sol su libertad sangrienta.

Mi dios, la libertad es un espino
que azuza y hiere al hombre en sus entrañas
y hace saltar la sangre del destino.

Prometeo dio a luz razas extrañas,
y la sonoridad les dio conmigo
para mover, cantando, las montañas.

JUPITER

En Eurídice ves un enemigo
y no ves que te abraza enamorado
su cabello ondulante como el trigo.

ORFEO

Ese ligero azul cabello alado
y esa ternura cíclica y monstruosa
quieren volverme a ver despedazado.

JUPITER

¿Qué ves en su ternura milagrosa
y en su deseo de ceñir tu vida?

ORFEO

Veo una horrible espina entre la rosa
y rencor maternal de bestia herida.

JUPITER

¿No ves, Orfeo, que su sangre abraza
tus plantas y tus piernas, encendida?

ORFEO

Tú no conoces, dios, esa tenaza,
esa seda fluvial que como un lienzo
la voz de mis gargantas amordaza.

Dormido estás en tu recuerdo inmenso;
no puedes comprender lo que yo digo
ni pensar con mis ojos lo que pienso.

El hombre, que antes fue pan de tu trigo,
el poema en tu ser hecho y creado
con luz, sombra y amor, no está contigo.

La libertad del ser se ha consagrado;
te localiza el hombre con antenas
y triunfa Prometeo liberado.

Ya no hay angustias, destrucción ni penas
que amedrenten al hombre en su embestida
contra tu mar de perros y cadenas.

Transfórmate, mi dios, si quieres vida;
suaviza un poco tus murallas toscas,
que tu fatalidad está vencida.

Y a Eurídice, serpiente de mil roscas,
que su vientre feroz para y reviente
y su deseo exhale con sus moscas;

que resople su piel, siglos aviente
lejos de sí, y entonces, pura y suave
venga a decir su amor claro y sonriente.

Sólo así mi instrumento hablará grave,
contará con la voz de su destino
y tendrá puerto el hueco de mi nave.

Ven a beber, mi dios, en este vino
de la desgracia humana, y de la gracia
de transitar los dos igual camino.

Mira como mi canto no se sacia
con este antiguo viento que regresa
viento de Europa azul, viento del Asia.

Con esta ola que viene, y muere, y besa,
haz que asomen tus proas inmortales
sobre esta playa humana que no cesa.

Y como en las divinas bacanales
barcas humanas de divinos remos
volveremos a ser ciegos, fatales,

volveremos a ser, y volveremos…!

ORFEO

(Nuevo cuadro. Campos eolios
Orfeo canta con su instrumento.
Lírica eolia. Una sola voz)

Prado de ojos y cedros silbadores
donde el ciervo del ser corre asustado
como el ave que danza en los verdores;

verdes lomas del mundo recordado,
pechos suaves y lentos de mi historia
cuyo futuro canta en el pasado.

Y otoño en oro de secreta gloria
creciendo entre los árboles serenos
como crece el recuerdo en la memoria.

Campos de mi ebriedad, negros terrenos
donde muere la muerte y nace el vino,
el más sagrado y fiel de los venenos,

de los dones del sol el más divino
que al imbécil sin luz hunde y separa
de aquel a quien le da fuerza y destino.

Ríos de amor antiguo y alma clara,
dejad que lave Eurídice el deseo,
dejad que vuelva a ver su antigua cara.

Permitidla volver a ser de Orfeo,
dejadme contemplar la vida entera
y no esas fauces negras que yo veo.

¿Y volverá la enorme primavera?
Lo eterno ¿volverá a ser un momento?
¿Cantará en lo que he sido lo que era?

En estas frondas ¿cantará aquel viento?
Vuélvete, amor, regresa, que en tus pechos
veo venir el gran renacimiento.

BACANTES

(Música atroz. Chillidos electrónicos)

Lo que no te esperabas, Orfeo
lo que no imaginó tu guitarra
fue esta bella y estúpida garra
que hundirá tu virtud en deseo.

Míranos que en el prado avanzamos
Y en falanges venimos a verte;
Te traemos los últimos ramos,
Te traemos el don de la muerte.

Sobre ramas, y crac, sobre ramas,
sobre hojas, y crac, sobre hojas,
ya tu piel arderá en llamas rojas
porque en todo lo seco habrá llamas.

¡Que te damos el don de la vida!
¡Que de Eurídice el don te traemos!
Una barca de amor conducida
por fatales y lúcidos remos.

Que te viene el amor
y el dolor
y el blancor
de la muerte;
que te viene la trágica hora
y te viene la vida
teñida
de muerte;
¡que te viene la trágica aurora!

ORFEO
¡Fuera, putas del bosque, hembras hambrientas,
que os enrabia este canto liberado
de esas bocas famélicas, sangrientas!

¡Fuera, putas de Dios, dejadme atado
a esta soledad en donde vivo;
id a buscar al Príapo encelado,

váyase al diablo vuestro amor lascivo,
dejad mi cielo trágico y sereno,
dejad a un hombre ser dios sensitivo.

BACANTES

Cric, crac, grrr, grrr,
cric, cric,
crac, crac,
que te habremos de destruir
que te habremos de destrozar
y te haremos gemir
y te haremos rogar
y te haremos llorar y morir.

Grrr, grrr, tu vida
no vale nada, Orfeo;
y que tu vida no vale nada,
y que la nada no vale tu vida,
y al demonio con Prometeo,
y al demonio con tu demonio
y con la indiferencia
de tu llanto
y con ese maldito armonio
y con esa maldita paciencia
conque labras tu trágico canto.

ORFEO

Desprecio de oro, ven a esta garganta
como al cedro silente van los vientos:
¡fuera, fuera de mí, canalla santa!

En mandas, en ménades, en lentos
arrozales de horror, cerca las veo
avanzar como ejércitos sedientos,

todo el prado sembrado de deseo,
de un lys negro cubriendo la llanura,
hacia la imbécil destrucción de Orfeo.

Son bellas. Por sus miembros, la luz pura
del bosque. Puso un cielo femenino;
pero al fondo olvidó la garra dura.

Divinas son. Mi ser, viejo y divino
sabe cuán dulces son en primavera
y cómo, en otoño, odian el vino.

Pero Baco es aún más de lo que era:
vino que nace en todas estaciones,
ebriedad en el hombre duradera.

Mi dios sabe escuchar los ebrios sones
de un poeta que canta entre las cosas
un tiempo de divinas estaciones.

Bacantes, ay, del tiempo! Blancas losas
donde no fluye el ser, donde no pasa
la vida con sus aguas milagrosas.

VENUS

(Vestida de cazadora)

Hijo mío, la sangre de tu casa
te hace volver al vientre en que has nacido,
a la fuerza vital que ama y abraza.

La carroña carnal se ha desprendido
de tu lucido amor, y tu pasado
sabe cómo jugar con el olvido.

ORFEO

¿Quién eres tú, que madre te has llamado?

VENUS

El vino de tu ser creció en mi copa.

ORFEO

Y el vino de mi ser creció asombrado.

Deja caer de ti la blanca ropa
y en tu frescor podré reconocerte
si eres la hija de Grecia y de la Europa.

VENUS

(Deja caer sus vestiduras)

En esta desnudez habrás de verte;
mírate bien, Orfeo, en el espejo
donde habrás de vivir hasta tu muerte.

ORFEO

(Retrocediendo: terribilis et mirabilis)

¡Cómo se ha vuelto mi ojo frío y viejo!

VENUS

Joven es tu ojo azul, grande y rasgado;
joven, sereno y puro tu entrecejo.

Que es joven, hijo mío, lo pasado
cuando el ojo de un hombre está despierto
y en el reino del ser mira asombrado.

Cierto es el corazón, el cuerpo cierto
pero aún es más cierto el ser de carne humana
cuando en la noche sueña que está muerto.

En tus tinieblas sueñas la mañana,
y sueñas que estás muerto, y que tu vida
en su silencio lleva una campana.

Densa carne de siglos, carne herida,
soñando estás que vives, y entre los sueños
tal vez puedas hallar la luz perdida.

Grandes tus pasos, y tus pies, pequeños,
hacia Estigias, Infiernos, Misereres
echaste sobre el mar cóncavos leños,

barcas llenas de dioses y de seres
que esperando hallar lo femenino
y no un violento pueblo de mujeres.

Pero yo soy el fin de tu camino,
y en mí, hallarás, al fin, enamorado,
tu libertad, tu pueblo y tu destino.

ORFEO

Sueño, madre, que soy sueño soñado;
¿y quién soñó este sueño persistente,
quién soñó lo futuro y lo pasado?

VENUS

Nadie ha soñado nada, y es tu mente
la que pone principio y fin al mundo
siendo este mundo eterno ser presente.

ORFEO

Un sueño tuve yo, casto y fecundo:
era una gruta azul, como una huída,
yo era superficial en lo profundo.

¿Quién pudo soñar una salida
no vio que el hondo mar es alta espuma
y la muerte lo mismo que la vida?

Donde canta la luz, sueña la bruma;
queda un humo del ser de lo que estaba
y lo presente y real se nos esfuma.

Todo es contradicción… ¡El hombre amaba
lo que hubo de roerlo, y sin embargo
el hombre empieza donde el hombre acaba.

Noche es alba y luz sombra y dulce amargo;
la pobre vida humana, una arboleda
junto a un sendero a veces corto y largo.

¡Ah, la marcha del tiempo, una gran rueda
que tritura las mieses del destino!
Y todo lo que pasa siempre queda.

Una gran rueda el tiempo y remolino
donde se mezclan horas y ciudades,
agua furiosa y espumante vino;

los tiempos se revelan, las edades
y en el reino infernal donde vivía
se amotinan, sangrientas, las deidades.

Todo instante futuro es ya tardía
reminiscencia de algo más futuro;
y este camino de hoy, antigua vía.

Rayo continuo el tiempo en cielo oscuro
delicado relámpago la aurora
que nos parece ser presente puro.

Todo es contradicción, mudez sonora,
eternidad silbante de los vientos,
respiración humana de la hora.

¡Todo, todo lo eterno son fragmentos!
La sustancia del mundo es sólo un río,
agua total que fluye entre momentos.

VENUS

Amo ese tiempo eterno tuyo y mío;
pero ¿de dónde espacio y primavera
han de sacar el tiempo del estío?

Hijo, tú eras un ser que estaba y era,
y tiempo cantaba entre las cosas;
amaba el espacio azul de la pradera.

Ama la claridad ebria de rosas,
ama el espacio Eurídice en fluviales
y dulces aguas verdes milagrosas.

Todo es contradicción, fiesta y cristales
del mundo, Orfeo, y van por la cañada
donde juega el azar, aguas fatales.

Todo es contradicción, fiesta sagrada…!
La Eurídice animal de la que huye
tu canción, volverá purificada.

Y no será la bestia que destruye
maternal y furiosa, cuando amas;
será la virgen que en tu sangre fluye.

Alguien oirá cuando en la noche llamas
al universal fuego de la historia;
saldrá pura la virgen de las llamas.

Todo es contradicción, desgracia y gloria…!
El futuro equilibrio es un pasado
y el porvenir un don de la memoria.

ORFEO

(Solo. Prados eolios. Último cuadro)

Sobre este ser original, creado
con mi sólo recuerdo y con mi duda
¿podré yo adivinar lo recordado?

En este río de ángeles que muda
su ser a todas horas y es constante
¿bañaré yo mi libertad desnuda?

Y en este prado de árboles silbantes,
mi alma que vive de cantar la vida
¿pervivirá a las rosas del instante?

Tal vez vuelva a sangrar la vieja herida,
acaso un viejo y gigantesco armonio
vuelva a encontrar en mí su voz perdida.

Acaso, acaso un viejo testimonio
lo diga todo! Pero el mundo, ahora
sobre otro dios está y otro demonio.

Suenan materia y alma entresonora,
lanza y cuchillo en cascos y enemigos
y los caballos blancos de la aurora.

Alpes y Vosgos son viejos testigos.
con soplos de odio ululan los mortales
y al viento del amor silban los trigos.

¡Oh vértebras gigantes, minerales
piedra sonora y mudo cautiverio,
gran silencio de rocas animales!

¿No volverá a nacer el viejo imperio?
¿No hay algo eterno en vuestros viejos dones,
alguna profecía, algún misterio?

Mi virgen rebelión y mis canciones
hará que, maternal, cruja la entraña
de los montes, y bajen en peñones

y se rompa de amor cada montaña
y toda Europa cruja y se difunda
por toda la espaciosa y triste España.

De esa primera Europa, una segunda
resurgirá cantando con mis manos;
verá nacer su vida más profunda.

Se harán los pueblos todos más cercanos,
todos colores de una gran pintura
donde equilibrio y masa son humanos.

¿Hay pintor que me pinte esa figura
donde no hay brazo humano que no sea
un dibujo sin luz, materia oscura?

Aún, a pesar del tiempo, el sol desea
que Prometeo triunfe de los dioses
y preda en su fulgor la antigua tea.

Y una apretada multitud de roces,
el pueblo humano, espera que se encienda
un incendio total de verdes voces.

Vendrá el tiempo en que un buey será la prenda
de los dioses que habitan en la nada;
y hablará el vino en la fatal merienda.

Y vendrá el tiempo en que mi mano, helada
al frío de los siglos, cante sola
como canta una voz enamorada.

Si cada hombre en su altar la bestia inmola
vendrá otro amanecer claro y surgente
como una verde y gigantesca ola.

Y al ser que iba a morir fresco y sonriente
Sobrevendrán corrientes inmortales
Y su agua será toda y permanente.

¡Qué címbalos y flautas de cristales
vendrían del universo, y qué sonido
no escucharán las barcas siderales!

No Dido, sí Lavinia! Jamás Dido
me impedirá la tierra duradera,
el verdadero reino prometido.

Aún hay sobre este mundo una pradera
para el hondo y final renacimiento,
para la vieja y nueva primavera.

Sobre la tierra triste hay un fragmento,
una Hesperia de luz por donde el llanto
vuela odio y vuela amor, igual que el viento.

No podrán la metralla ni el espanto
de morir en la sombra, atar mi verso;
siempre habrá algún refugio para el canto.

Dejadme algo de genio, algo de esfuerzo,
veréis mi libertad, veréis mi domo;
el caballo fatal del universo.

Eurídice fatal, ya verás cómo
tu amor y tus recuerdos miserables
duro me dan y duro sobre el lomo;

duro como con y látigo de cables
como la mar del tiempo en las criaturas
sus viejas aguas tristes incansables.

Pero sólo verás las líneas puras
de tu ser, cuando suenes en mis manos
entre visiones rápidas y oscuras,

como concierto de rituales pianos
como un órgano en fuga sostenido
por pilares artísticos y humanos.

Me quema el soplo del recuerdo herido,
me duele la amplitud de cuanto vive,
árdeme el resplendor de lo vivido.

¡Tanto recuerdo atroz me circunscribe…!
Esta canción que ayer no recordaba
hoy su memoria sobre el aire escribe.

Lo que ha sido recuerda lo que estaba,
las viejas dudas tiene halo cierto,
y el que dio amor no supo cuánto daba.

Más me valiera estar cumplido y muerto
que presenciar jamás el acto mudo
de caminar la arena en el desierto.


Y sin embargo, y a pesar, el nudo
que a mi vida sostiene, no está suelto;
mi libertad, un dios que anda desnudo

por el prado camina simple, esbelto
como tigre de orgullo y de certeza
resuelto al canto y al amor resuelto.

Yo tengo un dios antiguo en toda mesa
donde el vino, terrestre y masculino
sube como un recuerdo a la cabeza.

Dura tabla pagana en donde el vino
basta para inventar una criatura
con un papel, un lápiz y un destino!

Penetraré cantando la espesura
donde gimen los hombres hacinados,
con mi vino, mi voz y mi tortura.

La pobre humanidad de ojos cerrados
abrirá las ventanas, y la brisa
refrescará los ojos calcinados.

La pobre humanidad, ebria de prisa
volverá a hallar dramático descanso
pero será en el canto y la sonrisa.

Y será de un irónico remanso
donde saldrá del agua una campana
y un río nacerá, silente y manso.

No será de fusil la vida humana
ni del oro será, sino del verso
de un ser puro que llora en la montaña.

Fluya el río del ser viviente y terso
y el mar lave los cielos con sus manos:
que se conserve limpio el universo.

CORO FINAL

Veo venir diez mil renacimientos
y al fondo de este tiempo conmovido
la eternidad del ser hecha momentos.

Veo volver los pájaros al nido
y todo lo que es hoy la vida humana
volver sangrando a todo lo que ha sido.

Tan sonora es la luz, y tan cercana
al oído de un ser que se despierta
como el son auroral de una campana.

La garza de la mente no está muerta
y mientras haya vida y esperanza
clara es la vida y la esperanza cierta.

Ah, cuidemos los Idus, Marzo avanza
como una espada inmensa en el abismo
y en nuestra noche el rayo no descansa!

Sólo el hombre destruye al hombre mismo;
vosotros, que aún amáis, mirad que ahora
puede venir, total, el cataclismo.

Siempre estará mi ser viendo lejanos
ciervos del río que la mar devora;
y en la noche fluvial de los humanos

una terrible y milagrosa aurora.

FIN.


LUDOVICO SILVA
OPERA POETICA 1958-1982
Ediciones de la Presidencia de la República
Marzo, caracas, 1988.


Ludovico Silva
Ludovico Silva

Ludovico Silva. Fue un escritor, ensayista, filósofo y poeta venezolano. Nació en Caracas, el 16 de febrero de 1937. Hijo de Héctor Silva Urbano y Josefina Michelena, sus hermanos fueron el sociólogo José Agustín Silva Michelena y el economista Héctor Silva Michelena. Cursó secundaria en el colegio San Ignacio. Viajó a Europa donde estudió dos años de filosofía y letras en Madrid; un año de literatura francesa en La Sorbona y un año de filología románica en Alemania. En Madrid, un grupo de estudiantes lo bautizó como Ludovico, apodo que sustituyó su nombre, siendo conocido desde entonces como Ludovico Silva. En 1969 egresó summa cum laude, de la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela. En la década de 1960 dirigió y produjo el programa radial Letras libres.  Entre 1964 y 1968 fue secretario general del Ateneo de Caracas, donde participó en la fundación de la revista Papeles, de la cual fue miembro del comité de redacción. Desde 1970 ejerció la docencia en la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela, actividad que compartió con la creación poética y la reflexión filosófica. Algunas de sus obras han sido traducidas al italiano y al alemán. Algunos de sus poemarios: Tenebra (México, 1964), Boom! (Caracas, 1965), In vino veritas (Caracas, 1977), Cuaderno de la noche (Caracas, 1979), Piedras y campanas (1979), Crucifixión del vino (1996, póstumo). Entre sus ensayos: Opera poética (antología, 1958- 1982), Vicente Gerbasi y la modernidad poética (Universidad de Carabobo, 1974), Los astros esperan: Poesía y mito en “Myesis” (1985), Teoría poética (2008, póstumo). Es considerado como uno de los más importantes intelectuales venezolanos del siglo XX. Murió en Caracas, el 8 de diciembre de 1988.

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