Autores venezolanos·Poesía

Poemas de Gina Saraceni

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Poema del libro Entre objetos, respirando (Editorial Eclepsidra- 1998).

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2.

Tuve que ser
una disonancia

(Rafael Cadenas)

Sentirme despertenecida porque nada es tuyo, ni siquiera el nombre que llevas puesto como un disfraz desde ese ayer tan lejano que se llama nacer y no lo recuerdas.

El quebranto de la lluvia que desgasta los colores de la tarde en una ciudad donde la gente muere y nadie se da cuenta de su ausencia. Esta es la verdad de la pena; quizás tan sólo una canción que alguien canta y llora en algún rincón mojado de whisky y de amargura; quizás el desolado paisaje de las calles donde una meretriz pasea su destino de sábanas rancias; quizás la soledad y el silencio que te acompañan todos los días de la vida y no te das cuenta.

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Poemas del libro Casa de pisar duro (2011).

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Las casas mueren cuando se vuelven árboles,
cuando una mancha vegetal las recubre
y convierte en jardines verticales.

De sus ventanas brotan raíces
que rozan el filo de las nubes.

La casa muere con el verano en la garganta.

Hubo luz, un tiempo, en esa casa.
Hubo vidrios limpios que acogían una
mano temerosa de que el viento los quebrara.
Hubo niños oliendo a pinos y olivares
y una puerta grande donde entraba
todo el pasado y su memoria.

Los muertos regresan a la casa
Hablan una lengua incomprensible y
levantan el polvo acumulado de los años.

Puede que aquí el tiempo se detenga
y sólo exista el instante en que la casa
se torna un paisaje fugitivo.

Todo se mueve en su cuerpo de piedra,
hasta la hoja más pequeña que se asoma
a la intemperie y se abandona.

No hay de dónde sostenerse
para seguir de pie ante la casa;
para no caer delante de sus ruinas
y volverse una planta más que la recorre.

No se puede mirar tanto pasado
sin perderse en el hueco vertical
de sus paredes.

No se puede mirar en ese quiebre
sin pensar que alguien fue feliz en esta casa
alguien aferrado al canto de los grillos.

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El amanecer llega a la casa lentamente.

Nada quiebra el silencio que queda de la noche.

Sólo se oye respirar a los insectos.

El padre y la madre desayunan.

El padre muerde el pan duro,
lo moja en agua y aceite
come la harina espesa de la guerra.

La madre, en cambio,
prefiere la avena y la manzana,
hechas arena al tacto de su lengua.

Ambos comen la corteza
del tiempo que se acaba.
Ese ser dos en la vejez,
aferrados a un ritual
que les devuelve los primeros
paisajes de sus vidas.

Ese ser hijos de los mismo,
del mismo pan duro que mastican,
sin que la magia ceda
al diente que la muerde.

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ADRIÁTICO

¿Dónde anda el verano mientras se demora? ¿De qué color, de qué calor, de qué apariencia engañosa estaba hecho?
Marguerite Duras

Este verano ya muestra signos de cansancio
Amos Oz

1.

Las piedras se vuelven más duras
cuando finaliza el verano.

Algo demora en pasar al otro lado.

La playa es una respiración delgada
y en los huecos de la arena
quedan atascadas las palabras.

Un tronco navega a la deriva
y las olas lavan la historia
de ese pedazo de madera
que flota por aquello que le falta.

El verano duele como un abandono.

Como el amor su interrupción duele,
su querer permanecer
hasta las uvas de septiembre.

El verano es una espalda cansada
donde los caracoles se preparan para morir.

2.

Cómo despedirse del verano
sin quedar atrapado en sus viñedos,
en su vena más angosta,
en el letargo de su calma meridiana.

Cómo decirle adiós sin dejar algo
en el abrazo inmenso del estío
donde la marea desata el trueno de su fondo.

Cada verano hay una piedra menos
que anticipa la inminencia de un desierto.
Cada verano alguien falta
al llamado de la tribu y las algas
lloran hasta secarse de tristeza.

No hay punto de retorno
cuando la playa pierde sus herencias
y queda el mar reventado
por el golpe de sus olas.

3.

El verano es un animal
que arrastra sus huesos por la playa.
Camina despacio
espera que la marea entierre su cadáver.

Cuando el amor es imposible
revienta duro y sólo el mar
comprende la inmensidad de sus consecuencias.

Se oye un lamento salobre.

El viento quiebra las alas de los pájaros.

El verano es una lejanía.

Llueve y crece la marea.

Algo se demora

no hay cómo atraparlo.

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a Pedro

Los mangos se desploman
de la rama a la tierra.
Llenan la noche de un ruido sordo
que hace del aire una caída.

Más nunca volverán a su principio
cuando esperaban
madurar el amarillo
para abrir su concha
al pájaro y al diente.

Cada noche un mango
cae dentro del oído.

Cada noche el ala de tu nombre
alcanza mi ventana,
hace nido entre mis rizos
me entrega tiernos frutos de luz.

Los mangos crecen amarillos
en el corazón que me dejas
cada noche entre las manos

Te cumples en mi sangre
como fruto que cae y
golpe la vida
en el extremo de la lengua.

Cuando un mango toca la tierra

enloquece el amarillo

y grito el jugo de su pulpa
para que vuelvas.

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Gina Saraceni.

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Gina Saraceni.

Gina Alessandra Saraceni Carlini. Investigadora, crítica literaria, traductora, profesora universitaria y poeta venezolana. Nació en Caracas (Venezuela), el 24 de noviembre de 1966. Gina Saraceni, es egresada de la Universitá degli Studi de Bologna, Italia (1990); magíster en Literatura Latinoamericana (1994) y doctora en Letras (2001) por la Universidad Simón Bolívar, donde es profesora del Departamento de Lengua y Literatura. Es especialista en teoría literaria, literatura de viajes, poesía venezolana contemporánea, estéticas y políticas de la memoria. Con el poemario Entre objetos respirando, gana en 1995 el Concurso de Poesía “Víctor José Cedillo”; con Salobre, la Bienal de Coro “Elías David Curiel”, mención Poesía 2001, y con Casa de pisar duro el XI Concurso Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2011). Es autora de las antologías El verde más oculto (2002), del poeta mexicano Fabio Morábito, y de En-obra, Antología de la poesía venezolana (1983-2008). Tradujo al español a la poeta italiana Alda Merini y al italiano a Rafael Cadenas y a Yolanda Pantin. También ha publicado numerosos volúmenes y artículos especializados.

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Ver Línea de tiempo de los poetas venezolanos.

Un comentario sobre “Poemas de Gina Saraceni

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